Corsarios en la ensenada
Danzamos en el éter, juntos en el peligroso y anaranjado sol de media tarde. Contaba el Comendador que no somos dueños de nuestros deseos. Somos prófugos de la pasión. Nos damos a la fuga, huyendo de nuestra conciencia opresora y nos dejamos mecer por los rayos de sol desde el último baluarte de la isla. Como los corsarios desesperados por un botín embarrancado en la ensenada, cabalgamos desbocados hacia la orilla para mojarnos de la paz del mar.



